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HISTORIA - GACETA XIANZAI


El País de la Seda


Por

Fernando García-Quismondo







Tanto Confucio como la tradición china cuentan que el descubrimiento de la seda (en chino /sīchóu) fue objeto de la casualidad. De acuerdo a esas leyendas, allá por el siglo XXVII A.C. el capullo de un gusano de seda cayó dentro de la taza en la que tomaba té la joven esposa del legendario “Emperador Amarillo”, la emperatriz Lei Zu (en chino /LéiZǔ). Al intentar infructuosamente extraerlo de la taza la emperatriz tiró del hilo de seda y, viendo el material, consideró la posibilidad de confeccionar una tela con él. Como esa labor requería más de un capullo de seda, Lei Zu observó las características del animal que había creado aquella suave cápsula y ordenó a sus sirvientes que comenzaran a criarlos, cociendo posteriormente aquellos frágiles capullos para devanar el tenue hilo de seda y confeccionar así una brillante tela con ellos, naciendo de este modo la industria de la sericicultura (en chino /yǎngcán).

Dejando de lado las leyendas, la evidencia histórica más antigua de la presencia de gusanos de seda fue hallada en los yacimientos de la cultura Yangshao en el condado de Xia (Shanxi), donde se halló un capullo de seda cortado por la mitad con un cuchillo que fue datado entre el año 4.000 y 3.000 antes de nuestra era. Aparte de este hallazgo (que tampoco demostraría nada, ya que un capullo cortado es inservible para extraer el hilo), se han encontrado restos de telares primitivos datados alrededor del 4.000 antes de nuestra era, y -lo más importante- retazos de auténtica tela de seda datados alrededor del 2.700, lo cual no está muy lejos de la fecha que marcaba la leyenda. ¿Casualidad? Nunca lo sabremos.

La realidad es que la producción de seda comenzó a tomar forma y tener una presencia habitual a lo largo de la dinastía Shang (siglos XVI al XI A.C.) y posteriormente en la época de la dinastía Han (hace unos dos mil años) la producción de seda ya estaba muy desarrollada en el país, aunque los lujosos tejidos confeccionados con ella estaban reservados sólo a las personas de más alto rango. Fue en esa época, entre el 138 A.C. y el 115 A.C. cuando por orden de su emperador el diplomático y explorador Zhang Qian (/zhāngqiān) abrió por medio de tres expediciones hacia el oeste la que hoy conocemos como “Ruta de la Seda” (en chino /sīchóuzhīlù), que comenzaba en Chang’an (el actual Xian), pasaba por Gansu y Xinjiang, y se adentraba en el Asia Central y Occidental hasta llegar a lo que hoy es Europa.

La compleja y apasionante historia posterior de la Ruta de la Seda escapa del alcance de este artículo, pero no podemos concluir sin destacar su importancia tanto para Oriente como Occidente, ya que supuso un impacto en la economía y el intercambio cultural entre China y el resto del mundo. Incluso la antigua Roma, la civilización a la que seguramente en Occidente debemos la mayor parte de lo que conforma nuestra herencia cultural, cayó fascinada ante el lujo de la seda, y ya en el siglo I d.C. Julio César asombraba al público asistente a una representación teatral cuando se presentó en el recinto vestido de seda, lo que provocó que la audiencia ignorara la obra y se centrase en aquellas lujosas prendas. De hecho, era tal la asociación del material con su origen que, tanto en la antigua Roma como en Grecia, se bautizó como “Sérica” al país de donde venía aquel valioso artículo; un nombre que significa, ni más ni menos, “El País de la Seda”.

Caracteres en este artículo:
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