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CULTURA - GACETA XIANZAI


Los hutong de Shanghai


Por Pedro Berraondo Zabalegui







La primera impresión que mucha gente tiene cuando llega a Shanghai es probablemente la de un nuevo, valga la redundancia, Nueva York, obviamente por los rascacielos y altos edificios que configuran el skyline de "la perla de Oriente". El sobrenombre por el cual fue conocida la ciudad de Shanghai en los años 30 es también el nombre del emblemático edificio de 468m de altura que junto al World Financial Center (el "abrechapas", de 492m) configura el impresionante Pu Dong, el (¡de nuevo!) barrio nuevo de la ciudad al sur del rio Huangpu.

Omnipresente con su caudaloso cauce, el río en su sinuoso curso separa la ciudad en dos mitades bien diferenciadas; al noroeste, la zona de Pu Xi, el Bund, Nanjing Lu, la concesión francesa, ... y un sinfín de distritos aún desconocidos y al sudeste el distrito de Pudong con los nuevos rascacielos y zonas de oficinas, amplias avenidas, hoteles lujosos...igualmente desconocidos.

Tarde de caminata por Nanjing Lu, la céntrica calle peatonal que va desde el Bund hasta el parque de Renmin y más allá, junto con la multitud de paseantes , la mitad de ellos ofreciéndome relojes, juguetes, ropa, y cualquier cosa que se pueda ofrecer a un lawai (extranjero). En escasos metros y tras unas cuantas docenas de "pu yong xie xie" (gracias, no lo necesitamos) giramos sin motivo alguno a la izquierda en una esquina que no tiene nada de particular y en pocos metros nos encontramos sumergidos en otro Shanghai. Unos pasos más allá, las calles se han hecho más estrechas, los edificios se han vuelto viejas casuchas, las multitudes de viandantes han dado paso a un bullicioso y curioso mercado donde los comerciantes venden carnes y pescados, frutas y verduras. Casi todas las especies animales y vegetales que se venden en el mercado son desconocidas; los locales los compran por jin (medida de peso equivalente a 400gr).

A veces la inventiva y la mímica hace milagros y en una ocasión he conseguido que me dijeran en el hiper cerca de mi casa donde estaba el betún de los zapatos una vez localizado un cepillo de dientes y hacer gestos de que me quería limpiar los zapatos. Reprimo cualquier iniciativa comercial por mi parte en esta ocasión . Obligado señalar que también ayuda a mi falta de interés las escasas condiciones higiénicas de algunas mercancías, aunque la multitud de moscas no opine lo mismo, todo hay que decirlo, y por algo lo llaman "wet markets"... Bueno, fruta, eso si, compramos, una que yo no había comido nunca y que resulta un poco amarga. Olvidé su nombre pero la experiencia de visitar estos callejones es por contra memorable y dulce.

Las calles se estrechan más y se suceden los callejones, recovecos y pasadizos donde el único medio de locomoción son las bicicletas que se ven aparcadas en las puertas de las casas, puertas abiertas de par en par que dejan entrever casas pequeñas, oscuras y donde se hacinan muebles, objetos y familias . La gente lava la ropa en lavaderos de piedra y una anciana está sentada a la puerta de su casa, dormitando tranquilamente al atardecer.
Impresionados por esta ciudad diferente, descubrimos un precioso patio al fondo del callejón donde 3 chavales juegan a la pelota.
Tomamos una foto juntos y los tres posan con los dedos índices y anular en señal de v, muy típico en los locales que no entienden una foto sin esta "natural" pose. Oscurece y comienzan a aparecer los vecinos vestidos en pijama, curiosa costumbre de los shanghaitas; a pesar de que el gobierno local ha pedido a sus vecinos que eviten dar esta imagen durante la celebración de la Expo, sigue habiendo muchos paseando al atardecer por los barrios de la ciudad, preparados para meterse en la cama.

Más allá tres jóvenes cocinan en un angosto callejón donde apenas cabe el fogón que deja un mínimo espacio para permitir el paso; nos ofrecen probar la cena, pero declinamos, más por lo estrecho e incómodo del lugar que por la falta de hambre, porque el salteado al wok tiene buena pinta.

Un momento después nos encontramos a otros chavales, estos septuagenarios -por lo menos- que nos explican que los llamativos carteles que adornan las paredes son avisos de desahucio; se va a demoler el barrio y se construirán nuevos rascacielos.
Acaba el paseo y pienso que es una pena que se destruyan estos barrios tradicionales.


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